El poscinismo imperial como forma discursiva de la crisis hegemónica: racionalidad instrumental, exterioridad negada y horizonte de barbarie

Las recientes declaraciones de Donald Trump y de los sectores más beligerantes del aparato político-militar estadounidense no deben leerse como meros excesos retóricos ni como desviaciones personales de un liderazgo excéntrico. Constituyen, más bien, la cristalización discursiva de una transformación estructural en la racionalidad del poder imperial contemporáneo. El abandono explícito de referencias a valores normativos —democracia, derechos humanos, libertad— y su reemplazo por un lenguaje directo centrado en recursos estratégicos, control territorial y rentabilidad geopolítica señala la emergencia de una fase que puede conceptualizarse como poscinismo imperial.

El cinismo ha acompañado históricamente al imperialismo moderno. Sin embargo, en sus fases anteriores, dicho cinismo operaba mediado por narrativas legitimadoras que permitían articular dominación material y consenso simbólico. Incluso en los momentos más violentos de la expansión colonial o neocolonial, el poder imperial conservaba la necesidad de justificarse apelando a universales morales. El poscinismo, en cambio, representa una ruptura cualitativa: no disimula la dominación, sino que renuncia a toda pretensión de legitimidad ética. El poder deja de presentarse como portador de valores universales y se afirma abiertamente como gestor de intereses.

Desde una perspectiva marxista ampliada por la filosofía de la liberación de Enrique Dussel, esta mutación discursiva debe comprenderse como un síntoma de crisis hegemónica profunda. Siguiendo a Gramsci, la hegemonía implica dirección intelectual y moral, no solo coerción. Pero Dussel radicaliza esta lectura al situar la crisis en el agotamiento de la modernidad como proyecto civilizatorio, mostrando que su universalismo fue siempre un universalismo excluyente, construido desde el centro y contra la periferia. Cuando ese proyecto ya no logra encubrir su carácter violento, el discurso imperial abandona incluso la ficción universalista.

En términos filosóficos, el poscinismo puede interpretarse como la expresión extrema de la racionalidad instrumental moderna, despojada de toda mediación ética. Aquí resulta central la crítica dusseliana al fetichismo del poder: el poder se autonomiza, se presenta como fin en sí mismo y se desconecta de la vida concreta de los pueblos. La política deja de orientarse por la reproducción y dignificación de la vida —principio material fundamental en Dussel— y se reduce a una técnica de administración de la muerte, el despojo y la exclusión.

Desde esta óptica, el poscinismo no implica la desaparición de la ideología, sino su forma más peligrosa: la ideología que se presenta como ausencia de ideología, como realismo puro. La afirmación abierta de intereses materiales funciona como un dispositivo que clausura el debate ético y desactiva la crítica, bajo la premisa de que “así funciona el mundo”. En palabras dusselianas, se trata de la negación sistemática de la exterioridad, es decir, de la vida de los pueblos oprimidos que quedan fuera del horizonte de validez del sistema.

Lo exterior por ende, es lo que esta por fuera del sistema anglo-occidental, todo lo que se ha colocado en el foco de lo no “valedero” al no estar dentro de la ciencia “aceptada” por occidente y su diversidad de sistemas que permiten el sostenimiento de uno mas grande, mas asqueroso, mas antihumano. La exterioridad entonces no ha de ser solamente algo para buscar un pensamiento “revolucionario” contra lo oficial sino hacer de ese exterior nuestro propio ser, nuestra propia visión de un mundo y un ser humano nuevo.

En el plano socio-psicológico, el poscinismo opera como una tecnología de desensibilización moral y despolitización afectiva. Al eliminar la distancia entre discurso y práctica, el poder reduce el conflicto simbólico y normaliza la violencia estructural. La barbarie deja de aparecer como escándalo y se integra al sentido común. Este proceso refuerza lo que Dussel denomina la naturalización del sistema, mediante la cual las víctimas son convertidas en daños colaterales inevitables, invisibilizando su condición de sujetos éticos.

Políticamente, el poscinismo imperial se inscribe en una fase avanzada del capitalismo global caracterizada por la intensificación de las disputas geopolíticas, la crisis ecológica, el agotamiento de los márgenes de acumulación y el fortalecimiento relativo de resistencias periféricas. Trump no constituye una anomalía, sino una verbalización explícita de una lógica estructural preexistente. Su discurso no inaugura la dominación, sino que elimina el velo moderno que aún la encubría.

La consecuencia de este proceso es la configuración de un horizonte de barbarie moderna, entendida no como retroceso premoderno, sino como barbarie plenamente integrada a la racionalidad capitalista avanzada: tecnificada, legalizada, gestionada. En este horizonte, la vida humana se convierte en externalidad económica, los pueblos en obstáculos geoestratégicos y los territorios en activos. Desde la perspectiva de Dussel, esta barbarie es el resultado directo de una política que ha roto su vínculo con el principio ético fundamental: la producción, reproducción y desarrollo de la vida.

Frente a este escenario, una crítica marxista no puede limitarse a denunciar la pérdida de coherencia moral del imperialismo. El problema no es la falta de hipocresía, sino la radicalización de una lógica de muerte. Combatir el poscinismo implica, por tanto, una tarea doble: desmontar su función como forma discursiva de dominación y reconstruir un horizonte político anclado en la vida de las mayorías históricamente negadas.

Esto exige una pedagogía política de la exterioridad, capaz de devolver centralidad a las víctimas del sistema como sujetos históricos y éticos. Supone también reactivar la imaginación emancipadora allí donde el poscinismo busca imponer la clausura de toda alternativa. Finalmente, requiere una praxis colectiva e internacionalista que confronte al imperialismo no solo en el plano simbólico, sino en las estructuras materiales que reproducen la exclusión.

El poscinismo imperial no es el fin de la historia, sino la señal de una modernidad que se muestra incapaz de seguir justificándose. Cuando el poder abandona la máscara, no revela su fortaleza definitiva, sino su crisis más profunda. Entre la aceptación resignada de la barbarie administrada y la reapertura de un proyecto político centrado en la vida no existe neutralidad posible. La tarea crítica, como señala Dussel, consiste en pensar y actuar desde la exterioridad, allí donde el sistema ya no puede hablar, pero donde la historia sigue abierta.

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